Hace muchos años ya... (¡wow, nunca pensé decir eso!)... hace veinte años casi, por el 1993 o 1994 (no sé para mi todavía los 90 se ven muy cercanos, aunque ya ha pasado tanto tiempo), fuimos de vacaciones con Chepis, Jorge, Lety, Laura y mi hija a Veracruz. Normalmente íbamos a un pueblito llamado Vainillas, una ranchería cerca del mar (y también a unos cinco kilómetros de una población mucho más grande) con una sola calle principal sin pavimentar. Allí conocimos a varias familias del lugar, muchas de las cuales eran descendientes de europeos. Aunque había dos o tres familias que vivían holgadamente, la mayoría vivía en condiciones precarias.
También estaban los ricos del lugar que tenían varias cabezas de ganado, una casa mitad ladrillo, mitad madera (por allá muchas de las casas son de madera), la parte de ladrillo estaba bien construida, pero la de madera tenía reminiscencias de choza. Recuerdo que tenían un comedor finísimo (hecho por el ebanista local que era buenísimo) de cedro para 12 personas, en un ala de la casa hecha de madera pintada de verde y decorada con un póster de un tigre. La mesa estaba coronada con dos juegos de cubiertos de esos que se consiguen en la tienda del dólar. A la entrada del comedor había una cama puesta a propósito para huir del calor. También tenían un tendajón en donde vendían refrescos. Ese día nos invitaron una cena abundante, pero había que pagar los chescos (refrescos en mexicano) que consumiésemos.

En fin, una de esas familias (la del ebanista que hizo el comedor), eran descendientes de alemanes y franceses. Eran papá y mamá y varios hijos e hijas adolescentes. Todos ellos eran muy bien parecidos pero cortos y penosos. Tenían muchas ganas de socializar y hacer amigos de su edad, pero les costaba hacer la plática. La mamá tenía familia en un lugar apartado en las montañas llamado El Sombrero. El Sombrero era todavía más chiquitito que Vainillas. Y estaba bastante aislado, pues no había ninguna población grande cercana y para llegar ahí había que tomar una carreterita bien empinada (al menos estaba bien pavimentada). El lugar era de ensueño, parecido a algún paisaje suizo (pero con calor).
Ahí vivían unas doce familias de gente altísima que parecían granjeros europeos. Eran los hijos de los dos hermanos fundadores, ya bastante mayores. A pesar de estar tan aislados, eran muy amigables y amables. Los hijos eran como diez o doce hermanos y primos, sus esposas e hijos, la mayoría varones. El hecho de que todos estaban emparentados y de que la mayoría eran varones (y de que no había mucho movimiento o visitantes en ese lugar) había creado un problema en El Sombrero: necesitaban mujeres. Así es que en lugar raptar mujeres (al estilo del rapto de las sabinas, ver link abajo para mayor información), conquistaban a toda maestra que llegaba al sombrero, casándose con ellas.

Y he de decirles, no a pesar de que eran entre cinco y ocho familias, no faltaban las infidelidades (de alguna maestra de conducta desordenada) y los chismes.
Aunque de más escasos recursos que sus parientes en Vainillas, los Sombrerenses eran sumamente hospitalarios, nos regalaron unas deliciosas congeladas pal calor (creo que eran de guanábana), y mataron a una gallinita medio flaca (pero muy sabrosa) para horror de mi hija y de Laura (que adora a los animales). Terminaron yendo a la única tienda del Sombrero, mucho más pobremente surtida que la de Vainillas, y compraron una de las dos latas de sardinas que tenían a la venta.
Estaba leyendo que El Sombrero ha crecido... Ya hay como 150 personas (sin embargo todavía hay más mujeres que hombres. Los dejo con dos imágenes del lugar y el vínculo al rapto de las sabinas.
http://es.wikipedia.org/wiki/Rapto_de_las_sabinas


